Walter X.: Curri/DI/culum Vitae


Mi amigo Walter, que vive en Pesavilla, es un compositor con tradictoria: es regresado del Conservelorio Momifical, donde estudió con los más invernantes espaciolistas en música Bachroca y armonía Cromántica. Con Piedra de Toque se perfeccionó en dodecacofonismo, estricturalismo y cerealismo integral, disciplina esta última responsable del adelgazamiento en la textura de sus trabajos -y de sus ideas, según afirman algunos críticos malévolos-.

Apenas segregado, Walter obtuvo una boca para viajar a la Meca, donde ingresó en el Consertenorio local; Frank Givetones y Giovanni Gabbia fueron dos de las perbanalidades que más influyeron en sus deposiciones de este período. Se sucedieron los viajes, con numerosas últimas audiciones y obras en cargadas; el público, que al principio estaba dividido en sus opiniones, se fue haciendo cada vez más inánime en a lavar y cerebrar la música de Walter: él mismo, a pesar de ser cordobés, reconoce que "nadie es prefecto en su sierra", lo cual no deja de ser una sugestiva confección.

Una de sus últimas descomposiciones, "La Repuesta sin Presunta" acaba de ser estreñida en el Carnaval Hall, con gran éxito de porteros y acomodadores, que tuvieron poquísimo trabajo: en efecto, la enorme audiencia colmaba las calles aledañas al teatro, la ciudad entera y el resto del planeta, por lo que puede afirmarse sin embragues que este desconcierto tuvo una repercusión mundial.

Cada vez que pasa por aquí, Walter me visita; nos conocemos desde la época del Conserpentorio, cuando nos pasábamos hasta altas horas de la noche envueltos en sutiles discusiones musicoelásticas -por ejemplo, cuál es el método más correcto para desgarrar una zamba, etc-. A pesar de que el conserbestiario nos ocupaba la menor parte del día, siempre encontrábamos un rato para reunirnos con otros compañeros en "La Negra" para charlar de vacas halladas; allí, entre mate y sake, yo argumentaba hasta ponerlo de alguna manera en jaque. Walter, concierto grueso tiembre de voz, salía a la defensa de sus Corelli, sus Tartini y sus Locatelli de jamón y queso, hasta que la discusión subía tanto de tono que se salía del círculo de quintas, y no había modulación que nos volviera a una precaria enarmonía: terminábamos a campo abierto, a los gritos entre pentagramas de púas, pateando clusters...

No se piense, sin embargo, que Walter fuera en esos tiempos un mocito desgreñado e irreversible, como los que pululan hoy día entre babalinas conservilescas; muy al contrario, él siempre se consideró fiel a la regla de oro que siguieron tantos ilustres plomos: "la música es el harto poco frecuente Arte de ordeñar cariñosamente los sonidos".

Tan seriamente siguió Walter el áureo precepto que, durante una de sus crisis de juventud, liquidó todos sus ahorros en la compra de una ordeñadora de leche sintética, pasando a revistar de la noche a la mañana en la selectra costra de los compositores electrodomésticos. El resultado de sus trabajos fue verdaderamente electrizante, ya que Walter logró hacer saltar los tapones del vecindario varias veces antes de que una recoleta comisión inmundicipal le decomisara la sintetizadora, dando abrupto fin a tan promisoria carrera electrolítica.

Lejos de amilanesarse, Walter se volcó de lleno a las marineras, es decir, compuso nuevamente las más acuosas partituras de la historia: la "Música Húmeda" de Hänsel, "El Mar Rojo", de Debu-Hassyn, y los "Juegos de agua en la Villa del Sur", del argentino Francisco Liszto, todas obras de mérito intraoculable, por cierto, pero de escasa difusión hoy en día por problemas de 'copyright'.
Ultima en esta serie fue la "Fantasía para un acuanauta", de Gutierro, que pudo ser finalmente editada gracias a que el autor olvidó firmar con su apellido, lo que facilitó enormemente la tarea plagiaria de Walter.

Entre estas escapadas neoclasfixiantes y la producción electrofofa pueden ubicarse las partituras más enigmáticas de Walter; me refiero a los cuatro cuartetos de cuerdas -en total, sesenta y cuatro piolines-, los ochenta y ocho preludios y fugas para piano-uno para cada tecla-, la suite para maderas y serrucho obligato, y el formidable grupo de las sintonías para Spica y orquesta. Todos estos trabajos se escurren en distinta medida de principios similares, más bien de cadentes: el uso del azahar, los sistemas estockháusticos y la hallatoriedad, que responden a aquella vieja filosofía libertinal, "laissez faire, si vous Boulez".

Las últimas piezas de Walter dan sobre un terreno baldío, y se pueden refreír a un estilo minimanimalista: partiendo de dos o tres interfalos vascos, construye todo un sistema de refacciones que se polimeriza, crece y desborda la paciencia del involuntario oyente, que, las más de las veces, pasa de la justa exasperación a la disminución auditiva, cuando no a la aumentada virtualidad.

Es sabido que el virtuosismo neuronal no es una de las características determinantes de las nuevas degeneraciones. En tal sentido, Walter es un verdadero hijo de...los extraordinarios tiempos que nos toca vivir.


Javier Giménez (in)Noble
1991

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