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Los
últimos dinosaurios
Esta
nota podría haberse titulado: A quién le interesa
la música contemporánea?- y haber comenzado
más o menos así: "A nadie; ni al público,
ni a sus intérpretes, ni siquiera a quienes la escriben".
Un inicio tan brusco se aparta considerablemente de las convenciones
literarias, aparte de ser poco prudente y nada cortés.
Las reglas del "buen tono" que ningún aprendiz
de escritor -sobre todo si es músico- debe desdeñar,
indican que es conveniente acercarse a la cuestión
central de manera un tanto elíptica, casi casual; hablaremos,
entonces, de paleontología.
Cualquiera
que haya padecido la enseñanza secundaria en alguna
medida recordará a los dinosaurios, esos grandes reptiles
que poblaron el planeta durante el período Terciario,
y que fueron extinguiéndose luego al sobrevenir grandes
catástrofes geológicas y climáticas;
la razón por la cual los mamíferos, comparativamente
más débiles e indefensos, sobrevivieron a sus
gigantescos antecesores radicaría -aparentemente- en
su mayor capacidad de adaptación a las variaciones
bruscas de temperatura y de régimen alimentario. En
otras palabras, ellos eran más inteligentes, o por
lo menos más hábiles.
Otra
interpretación -para nada científica- de tales
acontecimientos consistiría en imaginar que los dinosaurios,
desalentados ante un mundo que cambiaba vertiginosamente,
y a cuyas exigencias no podían -o no querían-
someterse a causa de su orgullo inveterado, optaron por retirarse
dignamente de la escena, abandonando el campo a los mamíferos
sin presentar batalla.Estos
últimos, que a la sazón no pasaban de la categoría
de parásitos incipientes, se reprodujeron exitosamente
desparramándose por todo el orbe: el resto de la historia
es bien conocido.
Nuestra
era es pródiga también en catástrofes
de todo tipo, aunque difiere de las anteriores en el hecho
-por cierto notorio- de que el hombre ha logrado superar ampliamente
a la Naturaleza en la producción de toda clase de desmanes
y calamidades. Sin entrar en consideraciones de orden filosófico,
y limitándonos a la actividad que más nos concierne,
señalamos algunos de los problemas que atañen
a nuestro mundo dinosaurio-musical: la creciente brecha que
separa al compositor actual del oyente medio, el impacto negativo
sobre su música de los adelantos técnicas de
grabación y reproducción -curiosa paradoja-,
la resistencia pertinaz de los instrumentistas, directores
y organizadores de conciertos a la renovación de los
repertorios, el descrédito generalizado hacia la nueva
música signada por la búsqueda y la experimentación,
y así sucesivamente.
Tal
vez la mayor parte de las cuestiones ennumeradas podría
referirse al mismo síntoma: la creciente pérdida
de funcionalidad de la música. En efecto, hojeando
cualquier libro de historia por el principio -actitud altamente
recomendable- nos enteramos que la música, desde sus
orígenes brumosamente legendarios, estuvo siempre ligada
estrechamente a todas las actividades del hombre: mágicas,
agrícolas, guerreras, curativas y así por el
estilo, como por otra parte debe seguir estándolo en
las comunidades étnicas que viven hoy mismo en un estadio
"primitivo" de civilización, en el hipotético
caso de que aun existan algunas tan afortunadas.
Continuando
la lectura de nuestro manual nos enteramos de la importancia
que asignaban las antiguas culturas a este arte: Egipto, los
pueblos de Mesopotamia, India y China -con su Ministro de
la Música, cargo que hoy difícilmente podríamos
concebir, o sugerir sin provocar sonrisas-, Japón y
el sudeste asiático, Grecia, América precolombina,
civilizaciones todas en donde la música, por razones
algo misteriosas, se mantuvo durante siglos estática,
sin "evolucionar" pero gravitando poderosamente
a todo lo ancho de su historia.
Pasando
luego al tercer capítulo, que corresponde a los comienzos
de la música "occidental y cristiana" observamos
la aparición de leves indicios que denotan la presencia
de ese curioso ejemplar llamado compositor; aquí se
vislumbra el inicio de su carrera, que llegará a ser
extraordinaria: humilde e inmerso en el anonimato en un principio,
adquiriendo importancia y brillo a medida que volvemos las
páginas, hasta llegar a la cúspide de su reinado
autocrático aproximadamente hacia el capítulo
octavo, que corresponderá al siglo XIX: el compositor
resplandece entonces en toda su potencia.
Hasta
ahora su camino ha sido heroico: surgido penosamente del légamo
de la confusa creación colectiva fue ascendiendo laboriosamente
merced al perfeccionamiento de sus herramientas; ya en el
llano, va dejando caer de su espalda la capa oscura de la
Iglesia, como si cambiara su vieja piel. Ha sacudido orgullosamente
la testa desembarazándose de monarcas, nobles y mecenas
a los cuales sirviera con sorda rebeldía y llega, por
fin, al trono ambicionado: el lustroso piano de cola del virtuoso,
el podio más escarpado, Bayreuth, la orquesta omnipotente
de "Consagración", el total cromático,
la abolición de leyes, reglas y limitaciones...
Meteórica
carrera, en verdad; en su impulso fáustico el compositor
ha dejado atrás a todos sus contrincantes.Ha
crecido enormemente, en fuerza y en saber; es, a decir verdad,
demasiado grande. Su apetito también ha ido en aumento,
y no cesa de atormentarlo: se ha comido todos los sonidos
que había en el mundo, y luego todos los ruidos posibles;
ya no tiene casi alimento. Siente frío: ha subido tanto
y tanto que se ha quedado solo. En realidad, los nuevos habitantes
del mundo ni siquiera sospechan su existencia, por el contrario,
juegan como chicos con los restos fósiles de sus viejos
antepasados, los compositores muertos, a los que revisten
de toda suerte de rasgos imaginarios, como que eran dragones
alados que arrojaban fuego por la boca, y otras ingenuidades.
Nuestro metafórico dinosaurio se detiene, horrorizado,
al borde de un abismo. Es el abismo de la no funcionalidad:
lo que él hace no le sirve a nadie, lo que él
es no cumple ninguna función; nadie quiere nada de
él, está solo, SOLO; es cierto que hay otros
dinosaurios, tan flacos y famélicos como él,
pero sus ojos echan chispas al abalanzarse sobre alguna miserable
brizna de sonidos que amarillea en la estepa. Son capaces
de devorarse entre sí.
Forzando
la vista distingue, allá abajo, una rumorosa multitud;
son los pequeños parásitos que han montado un
asombroso tinglado, una feria, donde trafican con chucherías
y burdas imitaciones de las viejas reliquias de los ancestros,
robadas descaradamente de museos y santuarios.
El
compositaurio medita largamente: cuál ha sido el pecado
que lo ha llevado a esta sórdida condición?
Acaso ha sido la soberbia -la vanidad, largamente cultivada
en anteriores épocas de gloria- O tal vez todo se deba
al imperio de ciertas fuerzas cósmicas que están
fuera de su alcance, las que determinan el apogeo y el eclipse
de todas las cosas. Y por último, anonadado, se pregunta
qué actitud debe tomar: tratará de adaptarse,
de achicarse, acostumbrándose a masticar esos insípidos
sonidos que come la chusma?; tal vez disfrazándose
de ofidio, de yacaré o tortuga pueda pasar desapercibido
en el bazar y vender alguna que otra baratija, un "jingle",
alguna tonadita inofensiva, como para ir tirando... O acaso
dará la espalda con gesto altivo a todo ese tráfico
y, dejando oír su último "canto del saurio"
se dejará caer para siempre en el abismo de la autoaniquilación?
Charlando
con un colega le pido su opinión acerca de una obra
de un tercero, que no he podido escuchar personalmente; Equis
alza los ojos al cielorraso, lanza parsimoniosamente el humo
de su cigarrillo, y luego dice con voz docta y mesurada: -Interesante;
bastante interesante. Es una obra sumamente interesante, etc.,
etc. Como vivimos en una época de prudencia y suma
cortesía -a pesar de las catástrofes geo-psicológicas-,
este es el adjetivo que no se le cae de la boca a la "gente
entendida" cuando se trata de caracterizar a la música
contemporánea; sabemos que Mozart es "sublime",
"genial" Beethoven, Debussy "exquisito"
o "refinado", e incluso algunos de nosotros podemos
"coparnos" con Sibelius, Bartok o Stravinsky. Pero
lo contemporáneo -es decir, lo que vive ahora, en el
momento en que nosotros vivimos, tal vez aquí mismo,
en la otra cuadra por así decir-, eso es..."interesante",
adjetivo que reservamos para describir una visita un tanto
aburrida a un museo. No existe en esto una contradicción?
No será, quizás, la peor catástrofe de
las que nos afligen la profunda perversión de nuestro
lenguaje, que designa como "interesante" algo que,
en la cruda realidad, no le interesa a nadie?
Javier
Giménez Noble
1986
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