Gulvendames

La naturaleza -como la antigua Providencia- establece intrincadas y misteriosas combinaciones. De la conjugación casual de elementos dispares y alejados surgen cada tanto fenómenos imprevistos, que cuesta encuadrar dentro de las taxonomías habituales. Tal es el caso de las psychic panthers, como las llamó su primer mentor, aunque ahora se las conoce universalmente con el nombre de gulvendames.

Hace un par de generaciones, Otto Gulven formaba parte de la primera expedición a Vega. Por desperfectos de la nave debió detenerse en un planetoide inexplorado, a la espera de auxilio. El sitio, de acuerdo a la bitácora, era nocturno y desolado: una vegetación indistinta -musgos y líquenes- cubría el escaso relieve. El único organismo destacable era una especie de gusano translúcido, parecido a las anémonas de mar, con tres ganglios centrales plateados, de gran tamaño; los gusanos se nutrían del musgo, moviéndose muy poco, y vistos de lejos se asemejaban a ovejas paciendo en la tundra.
Después de inspeccionar los alrededores, Gulven desplegó la tienda de campaña, improvisó una cena, y después de actualizar la bitácora se acostó en su litera, durmiéndose profundamente.

Otto Gulven era ingeniero, especializado en radioastronomía, pero en su juventud se había interesado por la paleozoología. Las inusitadas experiencias de la vigilia despertaron imágenes largo tiempo olvidadas en su memoria, y en algún momento de la noche Gulven soñó una pantera, una pantera blanca y sedosa bajo la luz de la luna. Al despertarse, la pantera del sueño estaba acurrucada a la puerta de la tienda, mirándolo con ojos húmedos e inteligentes.
Gulven se sintió de inmediato atraído por ese maravilloso animal, sin trazas de la ferocidad antiguamente atribuída a la especie; pasó una mano por el pelaje plateado, y la pantera ronroneó como un gato. Echando un vistazo al paisaje circundante -que seguía tan melancólico y nocturnal como a su arribo- no le sorprendió ver, paciendo en el musgo, otras panteras plateadas.
El resto del día lo dedicó Gulven al estudio y documentación del fenómeno. Realizó discretos sondeos sobre 'su' pantera con los instrumentos que tenía a bordo: concluyó que sus nociones zoológicas -al menos a nivel onírico- eran suficientemente vagas como para haber permitido una reacomodación de la fisiología de las anémonas a su nueva y suntuosa encarnación felina. Casi se felicitó de ese saber desprolijo: cómo se las hubiera arreglado con un animal detalladamente carnívoro?...

Es indudable que el riesgo principal de las grandes travesías es la soledad. Es cierto que el viajero se halla conectado con sus compañeros gracias a las técnicas más modernas; pero muchas veces se extraña el contacto físico, la mirada, el apretón de manos.

Tal vez fue inevitable que, en esa segunda noche, Otto Gulven soñara con una mujer; al despertar, una muchacha de largos cabellos plateados y ojos líquidos estaba entre sus brazos.
Gulven no volvió a utilizar sus instrumentos o a contactarse con los camaradas, ni se sirvió ya de las raciones envasadas. Es evidente que empleó cada minuto en la redacción de un enorme documento que quedó registrado en la bitácora. La última anotación, a modo de firma o despedida, es una enigmática cita de un antiguo escritor:

la infinita luz no alcanzó a abrir mis ojos del todo
la infinita noche, alcanzará a cerrar mis ojos del todo?

La nave de rescate arribó tres días después; el ingeniero Otto Gulven, especialista en radioastronomía y zoólogo aficionado, yacía en su litera, envuelto en una delicada muselina, húmeda y plateada como un capullo de seda. Como todos los navegantes siderales, era de edad mediana, sano y robusto; sin embargo sus funciones vitales se habían detenido, sin causa aparente, unas sesenta horas después de su llegada al planeta. Alrededor del campamento pacían como corderos unas grandes panteras plateadas, dóciles y pacientes; a lo lejos se divisaban las torres de un edificio incomprensible.
Una exploración posterior estableció que se trataba de algo similar a un antiguo castillo feudal, al menos en sus paredes y murallas externas; el interior estaba extrañamente vacío, como si alguien hubiera construído una maqueta, en tamaño real y con materiales inexplicables en ese lugar: piedra, madera y metal. Frente a la arcada principal, justo donde el musgo deja lugar a las primeras losas del pavimento, fue sepultado Gulven, bajo una simple lápida con sus datos personales.

La expedición de rescate levantó el campamento; realizadas las reparaciones, ambas naves partieron. Demandó cierto tiempo y la participación de varios especialistas la decodificación del extraño documento grabado en la bitácora: se trata de un largo poema épico -unos cuatro mil versos- en un dialecto arcaico, donde se narran las apasionadas peripecias del caballero Guthrie y de su amada Gwen.
Los eruditos consultados se entusiasmaron ante el hallazgo, y pronto realizaron una traducción accesible que obtuvo una inmensa difusión, ayudando a propagar la historia que las autoridades presentaron a la opinión pública: un viajero solitario, aislado accidentalmente en un remoto rincón del espacio, compone para combatir el aburrimiento -y por casualidad- una obra maestra de la literatura universal. No se mencionan las panteras en esta versión oficial, ni el hecho -bien establecido- de que nada había en la formación intelectual del ingeniero Gulven que lo capacitara para realizar, en unas pocas horas, esta formidable reconstrucción de las antiguas sagas nórdicas.

Como sucede casi siempre en estas ocasiones, la información suprimida comienza a filtrarse de todas maneras, mezclándose con los rumores y exageraciones del caso: tesoros escondidos, sirenas de belleza extraordinaria y unicornios que vagan a la luz de la luna.
Aventureros, místicos visionarios y cazadores de fortuna comienzan a frecuentar el planetoide de Gulven, atraídos por el creciente mito de las gulvendames; y algunos, desesperados o simplemente curiosos, repiten la experiencia del ingeniero. Los resultados son tan rutinarios como espectaculares: la segunda noche en Gulven siempre es la última. El visitante amanece transfigurado en su muselina húmeda, con una singular expresión de paz en el rostro; a su lado, una maravillosa pintura, una partitura singular, un ensayo científico o filosófico que revolucionarán el mundo, una miniatura repujada exquisitamente, la síntesis de una vida de genio y artesanía, realizada en breve lapso por la mano torpe de un buscavidas inescrupuloso o desequilibrado, con materiales que nunca había manejado. Al mismo tiempo, un nuevo edificio majestuoso se alza sobre la monótona superficie de Gulven, que se va enriqueciendo con pirámides, rascacielos curvos, observatorios y catedrales. Delante de cada nueva maqueta se vuelve tradición enterrar a su 'autor' bajo una lápida sencilla, con el nombre y las fechas correspondientes.

El siguiente capítulo de esta historia es también inevitable; una oscura sociedad anónima, a cambio de una exorbitante suma de dinero, consigue los derechos de explotación comercial de Gulven. Gracias a una discreta pero efectiva campaña publicitaria convierten el planetoide en el destino turístico más cotizado del mundo. Siempre están completos los tours que visitan este fantástico parque de diversiones que es, a la vez, una especie de necrópolis para genios póstumos. Las regulaciones son, en apariencia, estrictas: no es posible acercarse a las psychic panthers, que ahora continúan paciendo en corrales protegidos; y, por supuesto, nadie puede quedarse a dormir más de una noche. Sin embargo, para clientes especialmente recomendados -y con suficiente dinero- existe un servicio especial, confidencial, denominado 'gabinete para la segunda noche', donde el anciano millonario o el play-boy hastiado acceden al refinamiento máximo de una civilización sofisticada: la inmortalidad garantizada. A través de un cuidadoso papeleo y revuelo de abogados y testaferros, Gulvenland Incorporated se hace cargo, calladamente, de la comercialización de las obras de arte producidas en este singular gabinete.
Las acciones de Gulvenland Inc.suben astronómicamente en un mercado que ya es -literalmente- astronómico, a pesar de que una parte ingente de los dividendos se destina a solventar las demandas judiciales, comisiones y sobornos. A largo plazo, no obstante, la compañía se ve forzada a permitir una inspección oficial; la comisión de investigaciones, tantas veces postergada, arriba en poco tiempo a conclusiones alarmantes.

Otto Gulven ya había observado que las panteras se reproducen por partenogénesis; si bien el individuo desaparece en la fusión del gabinete, dejando tras de sí solamente su 'capullo nupcial', el ritmo de división del resto de la especie se acelera, por motivos aún no esclarecidos, después de cada fusión. De esta manera, la población de las psychic panthers había ido creciendo exponencialmente, mientras que los campos de musgo, que constituye su alimento exclusivo, se han reducido lenta pero inexorablemente ante el avance de la edificación onírica. Además, debido a las carreteras e instalaciones construídas por toda la superficie del planetoide, el deterioro del medio ambiente era significativo. Las decisiones de la comisión oficial fueron terminantes; había que detener inmediatamente toda explotación comercial en Gulven, evacuar de inmediato al personal de la compañía, y tomar medidas urgentes para la preservación de las panteras.
Se realizaron denodados esfuerzos para ambientar estos seres delicados y su habitat alimentario en otros asteroides y planetas de características similares a Gulven. Las operaciones se efectuaron en una escala inusitada, pero todo fue en vano; las panteras plateadas languidecían, dejaban de alimentarse y de improviso se disolvían en un charco de mercurio acuoso. También en este caso fue peor el remedio que la enfermedad; dado el misterioso vínculo psíquico entre los miembros de la especie -aún separados por distancias enormes-, los ejemplares del planeta natal decayeron a su vez, y empezaron a morir en masa. A la superpoblación sucedió un período de rápida decadencia, y pronto no quedaron en toda la superficie de Gulven más que algunos centenares de panteras, a cargo de un equipo de preservación ambiental.
Por un tiempo pareció que la salud de las panteras se había estabilizado, y fue justo entonces que se desencadenó una catástrofe inesperada; la tundra de musgo comenzó a descomponerse debido a la disminución del pastoreo, tragando poco a poco los edificios, las carreteras y todas las instalaciones otrora florecientes en un pantano ácido que crecía y cubría velozmente toda la faz del planeta.
Los miembros de la comisión de salvataje presenciaron impotentes la disgregación total del terreno y la desaparición de las últimas panteras en un magma sulfuroso, bajo el cielo plomizo y eternamente nocturno.
Quebrada la poderosa compañía, casi todas las obras de arte que se conservaban fueron depositadas en el Gulven Gesamstücke Museum, en Benarés. Allí, en un edificio imponente que reproduce las proporciones originales del castillo de Guthrie, se destinó la sala principal a los documentos relativos al viaje último de Otto Gulven. En el atrio, un grupo escultórico lo representa en el momento crucial de su aventura, con la plateada pantera echada a sus pies y la mujer bellísima detrás y un poco a la izquierda, como susurrándole al oído, con una mano puesta sobre su hombro. Y el ingeniero -concentrado en un acto único y definitivo- inscribe con anacrónica estilográfica, en un papel brumoso, la cíclica saga del amor y la muerte.

Javier Giménez Noble, Feb.2003

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