Mi reino por un motete!

Los argentinos somos dúctiles, somos hábiles, eclécticos y quién sabe cuántos otros esdrújulos. No sólo inventamos el dulce de leche, el tango y el alambre de púa, también podemos reparar cualquier cosa con cartones, un par de latas y la gotita: por naturaleza, sabemos componer. Esa es sin duda la razón de la altísima densidad de compositores por legua cuadrada que ostenta nuestra república, tasa apenas superada por estados de insignificante extensión geográfica.
Todos los músicos populares son compositores, desde la bailanta hasta el funk, pasando por la salsa y los DJ de moda; también son compositores los clavecinistas, clarinetistas, cantantes líricos, cellistas, cornistas, percusionistas, directores de orquesta, algunos funcionarios...hasta se da el caso de algún profesor de composición que haya incursionado en la materia.
Por supuesto, todos los críticos musicales son compositores, y viceversa, y eso explica la fluída y frecuente comunicación entre ambas agrupaciones: los críticos jamás faltan a un estreno, aunque llueva o granice, porque su juicio severo e imparcial alienta, completa y pone en perspectiva el trabajo de sus colegas. Los compositores, por su parte, alumbran la razón de los musicólalos, a los que proveen regularmente de materiales de análisis y confrontación teórica.

Tanta cooperación ha brindado los frutos merecidos, dado que nuestra música ocupa un sitio preferencial dentro de la cultura nacional y descuella, por cierto, en el ámbito internacional. Todo este esplendor, sin embargo, disimula zonas un tanto sombrías; no todos los argentinos son compositores, hay que reconocerlo. En especial, hay un grupo bastante nutrido de recalcitrantes que podríamos denominar 'a' o 'des' compositores: los políticos, usted lo ha adivinado.

Con la honrosa excepción de algún ex-gobernador, ex-candidato a vicepresidente y cantante de interesantes modulaciones microtonales -autor, además, de textos de profunda resonancia filosófica- poquísimos miembros de la casta dirigente se acercaron siquiera al ideal de un Juan Bautista Alberdi, del que podría decirse, en sentido figurado, que embelleció los márgenes de una obra inmortal como las "Bases..." con pentagramas pletóricos de valses, minués y contradanzas.
Esta obstinada rebelión contra un concepto del gobierno que se remonta por lo menos a Platón, a Pitágoras o a los egipcios herederos de la Atlántida les acarrea a estos políticos una justa y merecida deshonra pública; la gente no los quiere, no les cree: no son diestros para la composición, sino para las componendas, y está claro que ese es otro cantar.
En la antesala de unas elecciones entre soporíferas y surrealistas cabría preguntarse si no es tiempo de sugerir alguna enmienda al insigne trabajo de Alberdi y sus coetáneos. Por ejemplo, podría someterse a todos los aspirantes a puestos de gobierno a una prueba de aptitudes musicales, a un test de audioperceptiva que fuera incrementándose en dificultad en la medida de la responsabilidad de los cargos.

El examen más difícil sería el de composición; supongamos que tenemos cuatro o cinco candidatos para la presidencia, ninguno de los cuales se destaca de los otros más que por el tamaño o distribución de las manchas del pelaje. Se los encierra en sendos cubículos, provistos de abundante papel pentagramado, lápiz y goma de borrar, cuidadosamente monitoreados por veedores provenientes del exterior, que actuarán asimismo en calidad de jurado. Un tema de fuga, un motete o una exposición de forma sonata es el tema del examen, entregado en impecable sobre lacrado. Al expirar el tiempo asignado, aquel aspirante que haya plasmado sus ideas con más claridad, elegancia y elocuencia será el elegido para gobernarnos: si ha escrito su motete, cómo no va a ser capaz de componer el país?

JGN, marzo/03

 

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