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Acerca
de sillas y otros muebles
(Es
un poco artificial hablar de compositores de Antes y compositores
de Ahora, y sin embargo.. .)
ANTES...
había
un carpintero que tenía un taller, con máquinas
y aparejos adecuados para fabricar toda clase de muebles cómodos
y bonitos; también poseía los datos y conocimientos
necesarios del oficio que le había sido transmitido
por su padre, el cual los había a su vez recibido del
suyo, y esto sucedía desde ya mucho tiempo atrás.
Supongamos
que llega el señor Zeta y encarga a nuestro carpintero
una silla porque le hace falta un lugar cómodo para
sentarse cuando vuelve del trabajo (puede ser también
un sillón; una mesa, etc.). También puede suceder
que el carpintero sea un comerciante inteligente e inquieto
y comience a recorrer el barrio ofreciendo sus servicios a
domicilio, repartiendo muestras gratis y folletos; el hecho
es que el carpintero sabe construir objetos cómodos,
la gente los usa y cada tanto necesita reponerlos, por lo
tanto se establece una relación de interdependencia.
Apenas
el señor Zeta se retira, el carpintero se ensaliva
las palmas, se las refriega y comienza a trabajar: toma trozos
de madera, los corta, los fija, los une con la famosa cola
de carpintero -cuya preparación cada carpintero mantiene
en secreto-, coloca algunos tornillos en ciertos lugares clave;
es probable que su trabajo se base en alguno de los diseños
más efectivos consagrados por la tradición,
o en algún modelo más moderno que le transmitiera
su padre o algún otro maestro carpintero. De todos
modos él no dejará de agregar un toque personal
a la silla, algún detalle interesante en el esterillado
o un refuerzo especial bajo las patas.
En
el término previsto el señor Zeta se lleva su
silla, habiendo pagado el precio acordado, y la instala en
su salón, donde las visitas no dejarán de ponderar
un mueble tan bello y útil; hasta es posible que si
la silla es verdaderamente sólida, resista el paso
del tiempo y algún día pase a formar parte de
las famosas colecciones atesoradas en el museo del pueblo,
que se llama REPERTORIO. Así estaban las cosas en esos
tiempos dorados, Antes. . .
AHORA...
ahora, el honorable gremio de los carpinteros ya no existe:
toda esa artesanía desarrollada y cuidadosamente preservada
a lo largo de incontables generaciones se ha extinguido casi
por completo. La causa de esta pérdida irreparable
para la sensibilidad del hombre radica en la funesta invención
de una sustancia hasta ahora inexistente en nuestro pueblo:
el PLASTICO. "El plástico es cómodo!"
"El plástico es bonito, de todos los colores!"
"El plástico es resistente, lavable, se lo puede
moldear a voluntad" "El plástico es barato!"
"Por lo tanto, basta de sillas y sillones de madera.
Eso es anticuado, solemne, fúnebre! Es lo que usan
los burgueses reaccionarios, los marxistas y los capitalistas!!
"Nosotros somos jóvenes, nos gusta el ruido, las
gaseosas, la velocidad y el vértigo; la COMODIDAD FACIL
y la FACILIDAD COMODA! " "Viva la Fórmica!
Viva el Polietileno!" "Vivan los cubiertos, los
despertadores, los autos, los encendedores, las mujeres, las
hamburguesas y los muebles de PLASTICO!!!"
SIN
EMBARGO...
sucede que algunas personas extravagantes -parias, inadaptados
o escépticos de esta Nueva Sociedad Plástica-
insisten caprichosamente en continuar utilizando las viejas
sillas y sillones de madera; aun más, es posible que
alguno de ellos, especialmente aventurero y desquiciado, haya
encontrado casi por azar uno de aquellos míticos talleres
de carpintería, abandonado durante largos años.
En
el taller reinan el desorden y la confusión; suciedad,
ratas y arañas. Empero, nuestro extraño personaje
se las ha arreglado para hacer funcionar algunas de las herrumbradas
maquinarias.
-"Para qué-" --se preguntan las gentes responsables.
-"CON QUE FINALIDAD-"
-"Qué hobby más tonto podría existir
en la Era del Plastirock-!!...".
Amparado
por la circunstancia de que dichas gentes responsables consideran
su manía completamente inofensiva, nuestro lunático
amigo continua sus experimentos -sus juegos- con esa materia
tan pasada de moda; por supuesto, no se le ocurrirá
la absurda idea de fabricar sillas: quién se las compraría?
El conoce a dos o tres viejitos tozudos que siguen empeñados
en esa labor estéril, amontonando opus sobre opus en
sus desmantelados talleres; por cierto que a nadie le interesa:
la gente prefiere las líneas aerodinámicas y
los colores furiosos del plástico. En Repertorio, las
salas están colmadas, y las autoridades del Museo sospechan
de las sillas demasiado nuevas, de su solidez, de la calidad
de la madera...
-No! eso sí que es locura!! -exclama nuestro joven
candidato a carpintero, que no es justamente él, por
cierto, un exponente de perfecta sanidad mental. No es posible
fabricar nada que sea demasiado funcional, que sea cómodo
o sirva para algo: para eso, nada mejor que el plástico!
Y ENTONCES,
en el momento crucial en que nuestro inquieto personaje, ya
víctima de esa extraña fiebre de la carpintería,
desfallece sobre la sierra, con las manos crispadas sobre
la garlopa, los formones, la lija... la respuesta surge con
todo naturalidad: es preciso construir cosas inútiles!
A
la luz de este asombrosa revelación, el joven émulo
de aquellos antiguos carpinteros realiza -sin saberlo- el
tradicional ritual propiciatorio, escupiendo sus palmas y
refregándolas con energía; enciende todas las
máquinas y en medio de ese zumbido poderoso comienza
su labor.
... (veamos, veamos... una silla sirve para sentarse; por
lo tanto habrá que diseñar algo que no sirva
para sentarse -no es fácil!-. Nada de patas... ninguna
superficie que pueda llegar a proporcionar el mínimo
apoyo. . . un grado de asimetría tal que el más
pequeño toque desbarajuste el conjunto... veamos. .
. hum ... ).
El tiempo pasa velozmente y nuestro héroe no ceja en
sus esfuerzos; luego de algunos experimentos fallidos, comienzan
a aparecer resultados interesantes... muy interesantes! Son
ciertos objetos de madera, bizarros, imposibles de describir,
algunos bastante anodinos, otros monstruosos y con extrañas
deformidades: pequeñas estatuitas pinchudas y repelentes,
masas amorfas plagadas de excrecencias enfermizas, torcidas
vigas larguísimas agujereadas aquí y allá...
la fantasía más desorbitada resultaría
impotente para descubrir una modesta función para la
más simple de estas piezas!
El
neo-carpintero suspira y se enjuga el sudor del rostro con
cierta satisfacción; es astuto, y sabe que la gente
que ama el plástico es incurablemente snob. Nada más
indicado para realzar la belleza de una cocina "toute-en-plastique"
legítima o un coqueto saloncito donde -salvo el aire-
todo está plastificado que una de sus futurindigeribles
esculturas insólitas, sobre todo si viene precedida
por uno de esos estrambóticos nombres que él
es capaz de armar a partir de ciertos términos crípticos
que copia trabajosamente de alguna enciclopedia polvorienta.
El negocio va viento en popa! Hasta los ultraconservadores
guardianes de REPERTORIO se muestran interesados, y han decidido
habilitar una pequeña sala lateral en el Museo para
albergar sus engendros -ante el estupor y la envidia de aquellos
empecinados viejitos constructores de sillas-.
PERO...
atención, capitán de la vanguardia! A no aflojar
en la búsqueda de insólitos nuevos horizontes!
Ante el menor síntoma de morbidez incipiente que revelen
tus tallas, ante el primer rasgo que pueda llegar a ser interpretado
como una complacencia hacia la desterrada funcionalidad en
tus complicados ensamblajes, tus mismos alumnos y seguidores
-que ahora se apretujan fanáticamente a tu alrededores-
se arrojarán sobre ti como chacales y te despedazarán
para vindicar la traición!
Por cierto, ya corren rumores entre los más antiguos
de tus discípulos... "sí, el maestro ya
no es el mismo, está empezando a chochear; fíjate
que ha dicho que de vez en cuando le gustaría hacer
un banquito, una cajita de madera. . . qué horror!"
Cruel paradoja! nuestro inquieto amigo traga saliva, angustiado;
está cansado de dedicar su tiempo a fabricar esas chucherías
que por algún equívoco han sido erigidas en
modelo de toda una generación de anémicos neo-carpinteros:
atrapado en la propia telaraña. . .
Las
opciones de esta encrucijada no son muchas:
-el suicidio (conoce algún caso)
-cerrar para siempre el taller y dedicarse a alguna actividad
subsidiaria, por ejemplo la decoración de ambientes
o la publicidad de todo tipo de innecesidades por medio de
objetos-de-madera (también hay antecedentes)
-seguir adelante pese a todo (como aquellos viejitos constructores
de sillas de los que se burlara en su juventud).
Por último, en un esfuerzo de sinceridad, nuestro ex-joven-neo-carpintero
apaga todas las máquinas, se sacude el aserrín
de la camisa y, dejando entreabierta la puerta del taller,
sale a caminar por el campo; un poco de aire fresco sin duda
le hará bien. . . Quién sabe si el contacto
con la Madre Natura -como hacían sus bisabuelos carpinteros-
permita el surgimiento de una nueva respuesta; después
de todo -cree recordar- la madera en otros tiempos se sacaba
de los árboles. Y estos antiguos vegetales, por cierto,
todavía crecen al aire libre...
Javier
Giménez Noble
1987
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