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En
Taxi
A
brief parable on musical languages
Hoy
día la mayoría de los compositores anda en taxi.
Los taxis pueden ser más o menos cómodos, modernos
o aerodinámicos, pero todos tienen algo en común:
son coches de alquiler.
Tener un auto propio es sumamente costoso: se necesitan hectómetros
de papel pentagramado y miles de horas-lápiz para acceder
a un modelo de segunda mano, y los que pueden darse el lujo
de un cero kilómetro son contados.
En nuestra tierra fértil -rara mezcla de espejismos
del primer mundo y arrabales proletarios- abundan los indistintos
coches negros de techo amarillo, conducidos por torvos individuos
que desafinan, pifian y cometen todo tipo de infracciones
al código de tránsito; les importa solamente
lo que marca el reloj.
Aquí y allá se destacan en el tráfico
un escarabajo de la época de la guerra, un arenero
de gomas anchas, un fitito celeste. Hasta las bocinas son
inconfundibles: ese ronco peep-peep no puede provenir de otro
automóvil que no sea el viejo chevy de mi vecino excéntrico
-que tiene el paragolpes abollado de tanta sinfonía-
En
la metrópolis los compositores fatigan el microcentro,
saltando presurosos de un taxi a otro, tecleando como posesos
en la computadora portátil, vociferando al tránsito
y a los celulares. Yo prefiero estacionarme a la sombra de
los eucaliptos, junto al paredón de uno de tantos hospitales
periféricos: en la vieja radio de mi coche siempre
pasan algo interesante.
JGN
Abril 2005
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