Voces Blancas

 

1959. El gran salón de actos de la Escuela Normal. El maestro de coro es alto y huesudo, con un bigote recio; sus manos se mueven con elegancia precisa, y de ese racimo de guardapolvos que colman las gradas brota una voz única, grave y potente. La voz asciende, se divide en dos, y sigue subiendo, hasta un momento en donde sucede algo especial: justo allí, en ese punto de tensión y expectativa nosotros, los niños, irrumpimos como un arroyo que se funde con la corriente principal: "Seamos obreros de nobles designios..." En ese momento no comprendo demasiado de qué designios se trata; ignoro por completo el concepto armónico - simple pero eficaz - de la cadencia rota. No puedo saber que esa música que cantamos fue escrita por un señor llamado Felipe Boero, autor de El Matrero, y que ese señor todavía vivía cuando yo nací; creo que ni siquiera soy capaz de representarme una profesión tan abstracta como la de compositor. Pero tengo una comprensión directa, profunda y muy exacta de una experiencia íntima, de ese calor que corre por la sangre y de la magia que nos envuelve y parece hacernos volar: el poder arrebatador de la música, el placer de cantar.

1979. Un albergue para mochileros en el sur, después de un viaje extenuante. Entre mis papeles, curiosamente, hay una copia del texto del Padre Nuestro, en latín y griego; demasiado cansado para dormir, repito una y otra vez las palabras en mi mente, como un encantamiento para llamar al sueño. En su lugar lo que viene es la música: no sonidos, o una visión de las notas ni nada por el estilo, sino como un pre-sentimiento de la totalidad de la pieza, de sus partes, de los 'tempi' y las texturas, y hasta detalles armónicos. Casi dos años después escribo el PATER NOSTER y obtengo
- suerte de principiante - el premio del Coro Nacional de Niños, que realiza la primera audición el año siguiente, con la conducción de su directora, Vilma Gorini de Teseo. Las dimensiones de la obra son algo desusadas para el repertorio de voces iguales; cada sección del texto está tratada como una pieza separada, varias de las cuales son a cuatro partes. La tercera y quinta son dos solos de soprano y contralto, respectivamente, con acompañamiento a tres voces; el registro se extiende hasta una duodécima, y la duración total excede los doce minutos; el lenguaje es aproximadamente modal, con armonías por cuartas, bastantes disonancias y alguna escala por tonos. La segunda pieza, que se caracteriza por el ritmo ^ — ^ — — (derivado del texto, 'Fiat voluntas') fue inmediatamente bautizada como
"el carnavalito" por los chicos del coro: un caso que podría denominarse 'nacionalismo subliminal' (absolutamente involuntario!)

1999. En Osaka, un campesino analfabeto se balancea peligrosamente en la punta de la rama más alta de un alto pino: debe optar entre una vida de servidumbre o saltar al vacío; es la escena final del cuento de Ryunosuke Akutagawa, Sennin, que está por transformarse - viejo proyecto irrealizable - en ópera de cámara, gracias a un encargo de la Dirección de Enseñanza Artística de la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad. Gonsuké
- campesino inocente y crédulo - es tal vez uno de aquellos "obreros de nobles designios", que ahora está por dar la vida a cambio de su ideal; justo allí, en ese punto de tensión y expectativa, y con la majestuosidad de un cometa que me visita cada dos décadas, irrumpen las voces de los niños, con su poder arrebatador y su magia voladora. Y hoy, que he estudiado la historia, la armonía y las diversas abstracciones, no podré acompañarlos, porque mi voz se ha vuelto ronca con los años; pero el calor sigue corriendo por la sangre, y el placer sigue intacto: por los colores de la música, por el blanco de las voces de los chicos.

Javier Giménez Noble
1999

 

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